Ha sido todo un privilegio coincidir en el tiempo contigo, poder conocerte y seguirte.
Tú, el jugador más infatigable y puntero de la Selección de Cristo en nuestros días, y el más goleador, junto con esa pequeñita y frágil mujer de hierro y amor que fue y es Teresa de Calcuta.
Aunque no hubieras sido proclamado beato o santo, no hace falta que nadie nos diga lo que muchos sabemos, no ya en nuestro corazón sino en nuestra mente. Pero nos alegra mucho.
Cambiaste o contribuiste a cambiar muchas cosas, y no sólo en el terreno espiritual sino en el político, y aunque hoy no sea el día para centrarse en ello, también te lo agradezco; incluso hasta en alguna que otra discrepancia, las menos...pero lo que verdaderamente hiciste bien, fue tocar el corazón de la gente, incluso de muchos no creyentes.
"Juan Pablo II, te quiere todo el mundo" gritaba la gente a tu paso. Y era verdad.
Por supuesto, también suscitabas recelos y odios enconados hasta el punto de intentar quitarte de en medio, pero tampoco quiero hoy hablar de esos.
Sólo quiero hablar de cercanía, bondad, y servicio, servicio hasta el último día y el último aliento; con grandes aciertos y algunos errores, porque los santos no son perfectos y pueden meter la pata como todo el mundo, pero "servicio", que no "oficio", por si alguno quiere enterarse de la diferencia.
Y también has demostrado que un santo no tiene por qué ser rancio ni triste, que no tiene por qué hablar como y semejar una gallinácea, que puede ser viril y hasta hablar con voz tronante para decir "No tengáis miedo", que puede enfadarse y reñir, que puede pedir perdón, y perdonar a quien le ha herido, y arrodillarse a besar el suelo, cantar, bromear, y hasta reírse a carcajadas...
Recuerdo haberte visto de lejos, entre la multitud en Segovia con el maravilloso Acueducto al fondo en tu primera visita a España, que sé que llevabas en el corazón.
Recuerdo el magnífico ambiente en Roma en unas de esas jornadas con los jóvenes, coincidente con nuestro viaje de fín de curso en 3º de BUP o COU, no recuerdo bien. Unos americanos de Mississippi me auparon un ratito en los hombros para que pudiera verte bien, y también saliste al balcón en otro momento a reñirnos entre risas porque hacíamos mucho ruido..." españoles, el Papa quiere dormir la siesta", y claro está, aún menos después de eso.
Atleta de Dios, bendito seas.
Tú, el jugador más infatigable y puntero de la Selección de Cristo en nuestros días, y el más goleador, junto con esa pequeñita y frágil mujer de hierro y amor que fue y es Teresa de Calcuta.
Aunque no hubieras sido proclamado beato o santo, no hace falta que nadie nos diga lo que muchos sabemos, no ya en nuestro corazón sino en nuestra mente. Pero nos alegra mucho.
Cambiaste o contribuiste a cambiar muchas cosas, y no sólo en el terreno espiritual sino en el político, y aunque hoy no sea el día para centrarse en ello, también te lo agradezco; incluso hasta en alguna que otra discrepancia, las menos...pero lo que verdaderamente hiciste bien, fue tocar el corazón de la gente, incluso de muchos no creyentes.
"Juan Pablo II, te quiere todo el mundo" gritaba la gente a tu paso. Y era verdad.
Por supuesto, también suscitabas recelos y odios enconados hasta el punto de intentar quitarte de en medio, pero tampoco quiero hoy hablar de esos.
Sólo quiero hablar de cercanía, bondad, y servicio, servicio hasta el último día y el último aliento; con grandes aciertos y algunos errores, porque los santos no son perfectos y pueden meter la pata como todo el mundo, pero "servicio", que no "oficio", por si alguno quiere enterarse de la diferencia.
Y también has demostrado que un santo no tiene por qué ser rancio ni triste, que no tiene por qué hablar como y semejar una gallinácea, que puede ser viril y hasta hablar con voz tronante para decir "No tengáis miedo", que puede enfadarse y reñir, que puede pedir perdón, y perdonar a quien le ha herido, y arrodillarse a besar el suelo, cantar, bromear, y hasta reírse a carcajadas...
Recuerdo haberte visto de lejos, entre la multitud en Segovia con el maravilloso Acueducto al fondo en tu primera visita a España, que sé que llevabas en el corazón.
Recuerdo el magnífico ambiente en Roma en unas de esas jornadas con los jóvenes, coincidente con nuestro viaje de fín de curso en 3º de BUP o COU, no recuerdo bien. Unos americanos de Mississippi me auparon un ratito en los hombros para que pudiera verte bien, y también saliste al balcón en otro momento a reñirnos entre risas porque hacíamos mucho ruido..." españoles, el Papa quiere dormir la siesta", y claro está, aún menos después de eso.
Atleta de Dios, bendito seas.